**MUTUALISMO Y FELICIDAD**
Azucena Vélez Restrepo
Artículo que escribí para una publicación de ODEMA,
Organización de Entidades Mutuales de las Américas
Todos los humanos aspiramos a una vida amable, digna, que nos asegure solución a necesidades básicas y a realizaciones económicas, intelectuales, sociales, artísticas, religiosas. Felicidad es la palabra que en el lenguaje corriente generaliza estas aspiraciones así la naturaleza conlleva riesgos de muerte, enfermedades, catástrofes, accidentes, y también las ambiciones humanas de expansión y dominación han sido causas permanentes de guerras entre naciones, violencia en el interior de países y ciudades, desigualdades económicas y sociales. Ante tantas adversidades es válido preguntarnos: ¿Es posible la felicidad? ¿Qué condiciones se requieren para obtenerla?
Soy incapaz de dar respuesta a estas preguntas, solo expreso que la felicidad no es un regalo que se nos viene dado por el destino o las divinidades, es una conquista que debemos lograr con trabajo, ayuda mutua y solidaridad. Es la lección que siempre ha dado el mutualismo y que evidencié en las asociaciones mutuales de Medellín, que siendo conformadas por personas pobres, a pesar de sus carencias, gozaban, disfrutaban, enfrentaban el sufrimiento inevitable de la muerte y las enfermedades y no perdían la esperanza de prosperar. Práctica callada y silenciosa de esfuerzo popular, que se ha dado en muchas partes del mundo, aunque poco valorada y difundida.
Con frecuencia lamento que las palabras mutualismo o mutualidad poco se mencionen en discursos y en medios de comunicación, pero sí me da satisfacción comprobar, la diversidad de términos que se emplean: concertación, unión, asociatividad, acuerdo, diálogo, colaboración que convocan a la fraternidad y a la solidaridad. Por ello considero positivo recordar la influencia de la tradición popular mutualista, que a lo largo de la historia, surgió como alternativa de servicios para los más pobres y ha influido innovaciones que hoy nos hacen sentir orgullosos del progreso, como son la democracia, el sindicalismo, la seguridad social y la economía solidaria.
Innovaciones logradas mediante procesos de cambio, muchos violentos, otros culturales y sociales. La mutualidad está inserta en los procesos culturales y sociales, que implican más lentitud quizás, pero que han evitado las atrocidades de la guerra y la violencia. Por la fuerza pueden ganarse las guerras e imponerse la dominación, pero la paz, la convivencia y garantizar el derecho a la felicidad solo se alcanzará respetando las libertades y estimulando el compromiso por ideales colectivos, basados en humanismo, fraternidad y progreso con equidad.
Siempre mi admiración por la tradición mutualista que he apoyado con mis investigaciones y como dirigente que fui de este movimiento. No me enseñaron mutualismo ni en el colegio ni en la universidad, lo aprendí de las clases populares de Medellín, que cuando aún no existía ley sobre seguridad social, crearon asociaciones mutuales para proveerse protección exequial y servicios básicos de salud. La enseñanza no la recibí con textos escritos, fue con actitudes, acciones y expresiones: “porque solos y aislados estamos desprotegidos, unidos y organizados enfrentamos los riesgos de la vida: muerte, enfermedad, desastres, infortunios” Enunciado que resume realidades e ideales comunes a todos los humanos y que siempre hay que tener presente: que el sufrimiento es parte del vivir; que así nos intimide tenemos derecho a una vida amable, digna, protegida; que lograrla requiere hermandad, solidaridad, trabajo en equipo; que la familia es el origen y la motivación primaria para el compromiso con la vida; que la familia nos inculca al amor y la fraternidad, sentimientos que debemos ampliar a la comunidad cercana, a nuestro país y a toda la humanidad.
Me vinculé al mutualismo en los años 80 del siglo pasado, para la época no había pandemia, pero sí desempleo disfrazado de rebusque, o informalidad para decirlo con términos técnicos, persistía la violencia y la discriminación, muchos barrios de invasión sin servicios públicos, escasas posibilidades de educación y más penalidades… Pero admiraba la determinación de asociados y directivos para apoyar la mutual o “la sociedad” como también se le llamaba. Asistí a varias asambleas de mutuales populares con los asociados parados en un patio, escuchando informes y eligiendo directivos. Personas pobres convencidas de que unirse era la única forma que tenían de ahorrarse la vergüenza de pedir limosna cuando la muerte de un familiar, también aspirar a básicas ayudas médicas u odontológicas.
Se notaba el sentido de igualdad, no se percibía discriminación, ni por raza, sexo, religión o política, solo el denominador común de la inminencia del sufrimiento. Era una mutualidad para lo apremiante con mucho sentido de previsión para los riesgos apremiantes del vivir, que evocaba la imagen de náufragos que se aferran a una tabla para sobrevivir entre fuertes corrientes de agua. Escasas esperanzas en el gobierno o en las instituciones de filantropía les animaron la decisión de unirse para ayudarse. Otra manera de luchar, pacífica, quizás resignada para los que optan por la violencia, pero valiente, admirable y merecedora de reconocimiento, ya que coloca la compasión, la participación y la equidad como valores supremos de la condición del ser humano.
En la actualidad las mutuales en Colombia se han ampliado a otros servicios, incluyendo el ahorro y el crédito, del cual yo fui impulsora cuando por 30 años gerencié la Mutual Compartir en Medellín. Algunas mutuales de barrios populares se extinguieron, otras se consolidaron y han avanzado con nuevas posibilidades en diversidad de servicios. Ha influido el reconocimiento legal, la mayor capacitación de los directivos, y el internet que trajo expansión en las comunicaciones y el consecuente cambio en las aspiraciones sociales.
Con frecuencia la llamada modernidad administrativa lleva a olvidar los ideales que inspiraron la creación de las organizaciones solidarias. Por eso son valiosas las enseñanzas del mutualismo popular que desde el pasado nos repite: “desgracias, desventuras y tragedias se enfrentan con unión, ayuda fraterna, solidaridad”. Sin que ello significa renunciar a demandar del gobierno servicios esenciales como seguridad, educación, infraestructura y sobre todo apoyo a la educación solidaria y participativa.
Hoy se habla de resiliencia, o sea fortaleza frente las dificultades: esfuerzo personal, unión de las familias, las comunidades, las naciones y el mundo entero. Es decir resiliencia colectiva que traduce mutualidad, abandonar el individualismo y entender el enorme desafío que para todos significa verificar que la vida en el planeta está en riesgo y por lógica también los seres humanos. En lo ambiental tenemos obligación con la naturaleza, cuidar el agua, proteger la fauna y la flora, reciclar y no arrojar basuras ni a los ríos ni en el mar. En lo político y social cuidar y aumentar los bienes públicos y comunitarios, obligación que implica honestidad e idoneidad en los gobernantes y administradores, cultura del cuidado y respeto entre los ciudadanos.
“Aunque la cosecha sea mala, hay que seguir sembrando” frase que escuché de Nairo Quintana, famoso ciclista colombiano. La guerra y la violencia no cesan, la pandemia ha dejado mucho dolor, la pobreza se ha ampliado y el deterioro ambiental es crítico. El derecho a la felicidad está en riesgo, estamos obligados a recurrir a nuestra fuerza espiritual e intelectual para seguir sembrando solidaridad, compasión, ayuda mutua, ya que son herramientas efectivas para levantar la esperanza y el compromiso en soluciones colectivas. Para “seguir sembrando” es preciso incluir en el proceso educativo de niños y jóvenes lecciones sobre la historia, la doctrina y los valores que fundamentan la esencia de las organizaciones solidarias como: mutuales, cooperativas, fondos de empleados, asociaciones, colectivos, acueductos veredales etc.
Por eso he considerado útil mostrar la experiencia popular mutualista, que sin los avances de las tecnologías modernas, también enfrentando situaciones negativas, unió comunidades afirmándoles el derecho y el deber de trabajar para hacer amable la existencia, no en espera pasiva, sino participando en proyectos de mejoramiento colectivo. Hoy cuando hay más recursos tecnológicos, existen mejores condiciones para expandir la mutualidad. Ese es mi anhelo.
En la página www.dineromutualista.com en las plataformas de Issuu y Facebook, he consignado libros y artículos que pueden servir para motivar, ampliar y difundir la doctrina, los valores y los procesos administrativos sobre la economía solidaria.